Tenemos que hablar de futbol

Hola, Rodrigo. Disculpa, con esto del Mundial me surgió una duda: ¿Cómo lo vives tú? ¿Te gusta, te emociona o realmente no te atrae? ¿Eres de los que apoya a la Selección Mexicana o de los que termina alentando a otra selección? Me dio curiosidad conocer esa faceta tuya. Creo que sería divertido leer ese lado de ti.

¡Saludos!

Gerardo


Querido Gerardo:

No sé si esto será divertido, así que empecemos con una anécdota para agarrar valor.

Están dos hombres en Google Meet esperando a que llegue el resto de su equipo para ponerse a trabajar. Sus cámaras y micrófonos están apagados. Uno de ellos se aventura a romper el hielo: «Se pusieron bien buenos los octavos, ¿a poco no?». El otro tarda unos segundos en activar su micrófono. Cuando por fin lo hace, profiere una especie de gruñido lento que para nada está claro si es sí, es no o qué coño es. Luego apaga el micrófono, lo vuelve a prender y dice: «Sí se pusieron buenos. Los octavos.» Así, con una pausa psicópata en medio.

Ese que contestó primero como animal y después como borracho era yo. No será ninguna sorpresa decirte que la conversación se fue en picada. Respondí a los demás intentos de mi compañero con ruidos y monosílabos hasta que el pobre se rindió y regresamos al silencio. No quería explicarle que me caga el futbol. Tampoco quería inventarme un personaje que luego me daría hueva mantener.

Lo peor es que el tipo es muy chido, seguramente hubiera entendido.

Explicar por qué no te gusta algo es una tarea inútil. Podríamos buscar razones, como que de niño no me dejaban jugar en la calle y entonces nunca eché la cascarita con mis vecinos o que en el recreo mi cabezota tenía un campo gravitacional tan fuerte que atraía todos los balonazos de la escuela, pero el gusto nunca se termina de explicar con esa lógica. Para mí, ver un partido de futbol es como ver secar la ropa, y listo*.

Pero despreciar el futbol y despreciar el Mundial no es lo mismo en México. Decir que no te gusta el futbol suena un poco arrogante. Decir que no ves los partidos de la Selección Mexicana suena a que le estás vendiendo secretos de Estado a los gringos para pagarle las jeringas de fentanilo a tu comuna satánica. La gente se lo toma muy mal. Muchos de ellos, inflamados por el furor colectivo, ni siquiera es que estén interesados en el futbol per se: están interesados en el mame.

Sé que es inevitable copiar las conductas de los demás, pero me genera una desconfianza irracional que todos a mi alrededor digan y hagan exactamente lo mismo. Me siento en una invasión alienígena. Hay quien ve a la multitud con su camiseta verde repetir una sola frase como Minions y siente que estamos más unidos que nunca, pero lo que yo veo ahí es el obvio inicio de Pluribus y se me prende el neurotransmisor que te manda a tapar las ventanas con papel aluminio.

Más allá de mi paranoia (que es un asunto entre mi psicóloga y yo), el problema real que tengo con la mentalidad de masa es que va ligada al tribalismo. A la defensa anticipada y desproporcionada ante los que no pertenecen al grupo. Alguien detecta que no eres de los suyos, grita «¡Un forastero!» y salen las antorchas y los fusiles. 

Supongo que sufrimos lo inverso: a mí me pone a la defensiva que todos hagan lo mismo; la masa se alerta si alguien no la sigue. Somos enemigos naturales la masa y yo, fuimos hechos el uno para el otro**.

Para evitar cualquier clase de linchamiento y como pequeño boicot a la FIFA (cuya calidad como organización se explica sola), vivo los días de Mundial más invisible de lo normal. Por raro que parezca, no estoy solo: aprendí de unos verdaderos maestros del ninjutsu urbano a pasar desapercibido, guardar silencio y escabullirme como ratón en una casa en ruina cuando la cosa se pone ruda. No siempre funciona (como vimos, me vendrían bien unos talleres de oratoria), pero creo que sí estoy perfeccionando un nivel de discreción de sombra vespertina o de árbol corriente, para que, cuando Dios Padre se me aparezca disfrazado, me apunte con el dedo índice del Juicio Final y cuestione «¿Messi o CR7?», yo pueda desaparecer frente a sus ojos como Houdini.

Mientras no mencione nada en línea, en el trabajo o en el blog, todo bien. Imagínate el autogol que sería publicar un post sobre lo mucho que ignoré el Mundial.

Fotograma de A Copa do Mundo no Recife, de Kleber Mendonça Filho

Esta publicación obviamente iba a necesitar aclaraciones:

*Contrario a lo que suele pensarse de los mamones que abiertamente odian el futbol, esto no significa que prefiera divertimientos más complejos o intelectuales. Acabo de pasar 25 minutos picando a mi gata en la panza, diciendo “¡pim!” con cada estocada, botado de risa viéndola hacer piruetas y dar zarpazos para contraatacar. No le pido mucho a mi tiempo libre.

**Me desagradan las masas, no las personas. Y tú no eres una masa, tú eres tú. Si a ti te hace feliz gritar los goles con toda tu colonia o ir al Ángel a ponerte una pedota bíblica hasta las 6 de la mañana, yo me alegro contigo a distancia.

Siguiente
Siguiente

Shinkansen