Shinkansen
Cuando volvimos de Seúl el año pasado, lo primero que preguntó mi suegro fue: ¿Qué se siente ir en tren bala? No sé si yo soy capaz de maravillarme así. Le dije que no se siente nada.
¿Nada? ¿En qué clase de roca insípida me he vuelto? ¿No tengo una mejor respuesta?
Ahora estoy sentado en el vagón 13 del Kodama 708. Otro tren bala. Dentro de dos semanas, mi papá me va a hacer exactamente la misma pregunta con la misma cara de ilusión de mi suegro, con los mismos ojos de niño grande: ¿Qué se siente?
Bueno, padre, se escuchan dos sonidos. Uno es muy grave, pesado y constante. Es como el rugido estomacal de una ballena cósmicamente grande. El zumbido de una masa de 700 toneladas patinando a 270 km/h sobre metal cubre cualquier intento de murmullo de los pasajeros, porque en este país la gente no habla en el transporte público. Los turistas cuchichean en voz muy baja y los locales ven anime en su celular o se duermen.
El otro sonido es ligero y fluido: un soplido escurridizo que vuela por aquí y por allá, como si tus pensamientos intrusivos salieran de tus orejas en bandada y te dieran de cachetadas con sus pequeñas manos de papel. Es el mundo silbando de alegría porque por fin saliste a visitarlo.
⏤¿Y qué más? ¿Qué ves?
Bueno, suegro, veo un pueblo entero sepultado por la nieve. En un mar de tejados blancos a dos aguas, un tanque esférico asoma su cabeza. No sé qué sea, tiene pinta de almacén o recipiente presurizado, pero, si le soy muy honesto, parece más una esfera navideña incrustada en un abeto infinito al que nuestro tren recorre como una guirnalda de LEDs.
⏤次は岐阜、岐阜です
Se acerca un gigante con una forma tan caprichosa que no sé describirlo sin recurrir a más comparaciones payasas (y eso que vivo en una ciudad donde la arquitectura no tiene el más mínimo respeto por las reglas). Es un monstruo curvo como un búmeran de 300 metros de largo, cruza de papa gajo y bola disco, abriendo sus brazos cubiertos de paneles solares ante un campo grisáceo, vacío y abatido por una cortina borrosa de lluvia.
Alguna vez fue un arca fotovoltaica importante. Toda la electricidad que sostuvieron sus brazos en sus años de gloria está hoy suelta a su alrededor, libre entre las nubes, azotando el campo nevado y los cerros, nunca más dispuesta a quedarse encerrada.
Deslumbrado por los relámpagos que iluminan intermitentemente los dos lados del vagón, voy a cerrar los ojos. Voy a bloquear el rugido y el soplido con mis audífonos para escuchar las voces familiares de Leos y Baxter haciendo chistes de therians, o las del Santo y el Búho discutiendo sobre carreteras tomadas y sarampión. Voy a oler de pronto el salmón frío del onigiri que acaba de abrir M.
Empiezo a cabecear y ahí aprovecha mi corteza prefrontal para arrullarme con sus preguntas de siempre: ¿Para qué viaja la gente? ¿Para gastar su dinero? ¿Para pasar el rato? ¿Para aprender? ¿Para salir de la rutina, romper el ciclo, dejar de ser lo que era antes?
Otra voz cercana a la prefrontal parece ignorar esa perorata y responde por fin la pregunta inicial. Ir en tren bala, dice, se siente como un nudo en el estómago. Se siente como si abandonaras a alguien. Se siente como un perro que pasea demasiado lejos de casa y necesita olfatear antes de cada paso para recuperar el sentido. Se siente como si empezaras una carrera, una relación, una llamada telefónica. Se siente como cruzar el portón de la escuela el primer día de clases o como cuando cae el título de Breath of the Wild.
Y al contrario del bochornoso y claustrofóbico avión, en donde solo puedes pensar en morirte, en un tren bala (como en cualquier otro tren) solo puedes pensar en vivir más.
Echen el Geoguessr porque no recuerdo en qué trayecto tomé esta foto.