Fui al musical de El Rey León

Anuncian la segunda llamada. En la fila de enfrente está un tipo viendo un video de golf en Instagram y su hijo, de unos 5 años, preguntándole sin parar por qué no puede sentarse con su hermano. El tipo le susurra algo sin dejar de ver el video. 

En nuestra hilera, a nuestra derecha, está el mentado hermano. Debe tener la misma edad que el primer niño, incluso podrían ser gemelos. «¿Me puedo quitar los zapatos?», le pregunta a su mamá, que está sentada a su derecha, distraída.

No sé qué le respondió, pero el niño se quita los zapatos y sube los pies a la butaca de enfrente, donde está una mujer que en ese instante captura con su rostro todo lo que trato de expresar aquí con palabras. No importa cuántas vueltas le dé al texto, no voy a poder decir lo que sentíamos con la exactitud de esa mueca. 

Una cara de hartazgo que dice: «¿Es neta?». 

Una cara que se pregunta si el boleto para este musical está valiendo lo que cuesta.

«¡Luca! ¡Luca! ¡Luca! ¡Luca! ¡Luca! ¡Luca! ¡Luca!», le habla el niño sin zapatos a su hermano. Luca se voltea y le pregunta otra vez a su papá si se puede sentar atrás, pero el tipo solo le responde que si quiere un chocolate. 

«¡Yo quiero chocolate!», dice el niño sin zapatos. M abraza su bolsa y se encoge en su asiento mientras estos manotean y se pasan chocolates de una fila a otra enfrente de nosotros.

El Teatro Telcel anuncia la tercera llamada justo cuando iba a buscar clínicas donde pueda hacerme una vasectomía lo más pronto posible.


Desde la cumbre de la Roca Real, Mufasa le dice a Simba que algún día todo el reino será suyo. Algún día crecerá y será rey como él. Simba dice una estupidez como que por fin podrá ser libre para hacer todo lo que quiera.

Así es, Luca. Algún día, cuando crezcas, toda esta hilera será tuya. Es el ciclo vital. Pero, ¿libre? No, no, no, no, no. Tendrás que hacerte responsable de un pequeño engendro parecido a ti y tratarás de ignorarlo mientras te acosa con preguntas: ¿Quién es ese? ¿Por qué tienen cabeza de león? ¿Por qué cantan? ¿Y mi hermano? ¿Me das chocolate?


No quiero ser aguafiestas, pero no entiendo qué están haciendo con Scar.

Scar era un personajazo en la película de 1994. Para tampoco analizar demasiado, diré que lo recuerdo con cualidades de serpiente. Escurridizo, a la defensiva y sumamente ponzoñoso. No era un peligro por su físico (porque era un león flaco) ni su intelecto (porque su plan es insostenible), sino por su profundo y radical desprecio. Scar detestaba hasta la comida que se llevaba a la boca.

En este musical, es un poco viejo, un poco raboverde, un poco ovejanegra, pero todo a medias. Se autodenomina «el tío incómodo» y sí, es más o menos incómodo. Se me ocurre que podría ser una caricatura del tío estéril, soltero y sin hijos, pero estoy inventando la mitad porque el personaje cantando aquí enfrente no me dice mucho.

Por si fuera poco, le echaron a perder su increíble número «Be Prepared» con un interludio exótico de guitarras eléctricas. Una desgracia. 

Estoy demasiado sesgado por el cariño que le tengo a la película original.


En la tropicalización mexicana que hicieron para este libreto, se asoma una lectura del Rey León que nunca había notado. Es la del meme que compara el territorio de las hienas con el Estado de México, pero en un plan más ruidoso.

Las hienas dicen cosas como «dijistes» o «fuistes». Dicen «no manches». Dicen «chido». Todo con che. En cambio, Simba dice: «¡Wow! ¡Qué padre!». He escuchado a este Simba en muchas oficinas, en infinitas juntas: «¡Está padrísima tu idea!». Con acento senior, como dice un amigo del trabajo.

Creí que yo exageraba hasta que el mayordomo Zazu se refirió a las hienas como chacas. Entonces es intencional, cabrones. Para los que no sean de Ciudad de México: chaca es un término peyorativo para referirse a las personas de un estrato socioeconómico bajo, sobre todo a los que viven o se asocian en barrios vinculados al crimen, las drogas, la prostitución callejera o todas esas cosas que asustan a las clases más altas.

Yo vi la película animada cuando era niño, obviamente no tenía idea de que en las voces originales también había un racismo velado.

Hiena chicana, hiena afroamericana y ¿hiena con capacidades diferentes?

El doblaje latino quizás diluyó la identidad de las hienas. En Estados Unidos, las tres principales tenían las voces y los modismos de una mujer negra (interpretada por Whoopi Goldberg), un hombre chicano (Cheech Marin) y alguien con daño cerebral (Jim Cummings no tenía daño cerebral, pero lo imitaba en su actuación). Esto no es interpretación mía, desde el estreno hubo quienes notaron cómo los animales indeseables de la película estaban reforzando estereotipos racistas y xenófobos.

Treinta años después, en el escenario del Teatro Telcel, los chacas escaparon de los confines del cementerio de elefantes donde vivían marginalizados y empiezan a invadir el reino de las leonas aterradas por la muerte de su rey. Creo que Michel Franco dirigió esta adaptación.

¿Eso convierte a Scar en una especie de revolucionario populista? Un señor sale disparado de unos asientos cercanos e interrumpe mi pregunta ociosa. Corre por el pasillo cargando a su hijo con una sola mano, con el brazo estirado, como si llevara una bolsa de basura. Parece que alguien tuvo un pequeño accidente.


Originalmente esto iba a ser una mofa de la paternidad o un intento de explorar su relación con las clases sociales, pero puede que termine siendo simplemente un elogio de Pumba. Pumba era perfecto en 1994 y sigue siendo perfecto aquí. 

El Pumba de la película animada es más bonachón, un poco patético, pero alegre. Es carismático, pero no tanto como el del musical.

Porque aquí tiene un toque de malicia. Es en parte el vestuario, con una máscara gigante y grotesca, pero sobre todo la voz grave y rasposa de su actor (Sergio Carranza, kudos) que pintan lo que llamaría —sin afán de discriminar— un aura de pulquero. Puedes imaginar a este Pumba cheleando en la calle con su pandilla. Lo apodarían El Gordo. Es chistoso, afable, pero no diría que es bonachón ni patético. De hecho es intimidante.

Así tiene más sentido que alguien como Timón (igualito al de la película) procure su compañía. Pumba es su amigo, pero también su guardaespaldas. 

Igual que las hienas, este Pumba habla como gente de barrio. Le dice güero a Simba. A diferencia de las hienas, puede convivir con el privilegio porque cae bien y da risa. Y él se deja.

La ventaja del Pumba musical sobre el Pumba animado es que, aunque tolera la carrilla de sus amigos, conlleva una amenaza por debajo de la superficie. Sí, güero, todo jijijí-jajajá, pero, si te pasas de lanza, te voy a quebrar tu puta madre.


Los leones pelean a espadazos en la batalla final. Simba está a punto de perder. 

De la nada, en pleno gesto de villano de James Bond, Scar confiesa que asesinó a Mufasa y se queda esperando a la justicia divina en lugar de rematar a su sobrino.

El héroe se recupera y lanza al maligno revolucionario raboverde al abismo de Roca Real. Empiezo a abuchear a Simba y M me pega en el brazo, con cara de «Aquí no, cállate». Me callo, pues.

A Scar se lo comen los chacas.

«Oye, bae, ¿me pasas un chocolatito?», pide la mamá en voz alta mientras sus hijos suben y bajan de sus asientos, preguntando si esto ya se va a acabar.

Rafiki y la escenografía son lo más chingón del musical

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