Fallé el reto de lectura de Pewdiepie
Se acaba 2024, y la tarde, pero no los trastes sucios. Con un reflejo que hasta a mí me sorprende, salvo a mi celular de un chapuzón en el fregadero. La taza enjabonada que tenía en las manos cae redondita sobre los platos sucios y hace un ruido que en mi cabeza retumba como si hubieran dinamitado una pared de mi edificio.
Insulto a la taza porque obviamente ella tiene la culpa.
No se rompió nada ni desperté a nadie. Le regreso tantito al video y estúpidamente coloco el celular en el mismo lugar de donde se cayó. Estoy viendo a Pewdiepie (sí, el youtuber) proponer un reto de lectura para 2025. Doce meses, doce libros. La cosa iba a ser así:
enero: Tao Te Ching, de Lao Tzu
febrero: En palabras del Buddha, de Bhikkhu Bodhi
marzo: LIBRE
abril: El Enquiridión, de Epicteto
mayo: La República, de Platón
junio: LIBRE
julio: Ética a Nicómaco, de Aristóteles
agosto: La Ilíada, de Homero
septiembre: LIBRE
octubre: Así hablaba Zaratustra, de Friedrich Nietzsche
noviembre: Siddhartha, de Hermann Hesse
diciembre: LIBRE
Aunque consumo muchísimo YouTube, tengo un fuerte prejuicio sobre los creadores de contenido. «¿Qué clase de pobre básico recomienda Zaratustra?», pensé. Luego me di cuenta de que ese era el único libro que yo había leído de la lista. ¿Quién es el pobre básico ahora?
Debería tomar esta oportunidad para quitarme el prejuicio y aprender cosas que pude haber estudiado en la escuela en lugar de estar jugando Magic con los gordos cuarentones de Pericoapa. Apreciarlas ya que soy un adulto. Va, hagámoslo. Compro el Tao Te Ching de inmediato.
Flash-forward a enero de 2026, cuando es tiempo de aceptar que fallé el reto y que solo leí la mitad.
Un buen tipo
En Netflix, David Letterman entrevista a MrBeast, el youtuber que le quitó la corona de mayor número de suscriptores a Pewdiepie. El joven de 27 años habla de cómo estudió exhaustivamente el algoritmo de YouTube y, tras años de análisis riguroso, concluyó que la clave del éxito está en hacer videos «que le gusten a la gente». Ah, mira.
Luego dice que es crucial omitir referencias regionales en su contenido, porque el punto es ganarse los clics de la mayor cantidad de gente posible en todo el mundo. Si hiciera un video que mencionara, por ejemplo, a Donald Trump, perdería a la audiencia que por alguna mágica y envidiable razón no sabe quién es Trump. Mejor es alejarse de la controversia, nunca cruzar ciertas líneas.
A propósito, Letterman le pregunta si le interesa la política y el entrevistado responde que no, que prefiere las cuestiones universales como qué pasa si te entierras vivo por 50 horas en un ataúd mientras tu séquito de dude bros te tortura con música explosiva desde la superficie o qué pasa si le ofreces 250,000 dólares a un obeso a cambio de encerrarlo en un estudio hasta que pierda 45 kg.
MrBeast sonríe, convencido de cada palabra. Habla como un vendedor. Está perfectamente arreglado, casi ni pestañea. Conflictuado, Letterman le dice que parece un buen tipo.
MrBeast y David Letterman en My Next Guest Needs No Introduction.
En contraste, Pewdiepie pasó por momentos en su carrera donde ciertamente no parecía un buen tipo. Aunque se ha disculpado hasta el cansancio por un par de deslices racistas, siempre he creído que sí tiene un aire de supremacismo, aunque sea un mínimo sesgo inconsciente que le asegura que es superior a los demás.
Y aunque no en el mismo nivel de idiotez de los grandes éxitos de MrBeast, también ha producido una infinidad de basura, sobre todo en su época de gritar como orate en PUBG o de pasarse los Resident Evil al aventón, ignorando diálogos, rincones secretos y otros detalles que ensanchan el universo de un videojuego.
La diferencia es que, con el tiempo, Pewdiepie dejó ver que estaba consciente de la banalidad del medio.
Quizás es la edad. Su canal actual está casi completamente dedicado a vlogs caseros que retratan su vida en familia desde que se mudó a Japón. Se le ve cuidando a su hijo y sus perros, tramitando un permiso de conducir, aprendiendo a tocar la guitarra o construyendo una red local de inteligencia artificial. Si comparamos eso con el asedio audiovisual de los let’s play que lo hicieron famoso hace más de 10 años (los cuales, cabe aclarar, disfruté mucho en su momento), sus vlogs transmiten paz y conexión con el presente.
«Si tuviera que elegir un libro de todos estos, un libro para dominarlos a todos, elegiría el Enquiridión», dice con entusiasmo. Tiene sentido. Llevo años como usuario de la Terapia Racional Emotivo Conductual (TREC) y reconocí en los discursos de Epicteto muchos conceptos que me ha compartido mi psicóloga para llevar una vida pacífica y aterrizada.
La TREC tiene raíces en ideas estoicas de Marco Aurelio y seguramente retoma directa e indirectamente al Enquiridión. Lo que me llevo del libro es la idea de razonar para distinguir los fenómenos que no te conciernen. Discernir lo externo, lo que no eres tú. Todo eso tiene paralelos en lo que leí de tao y budismo al inicio del reto.
Será lo que sea, pero a Pewdiepie le importó un carajo si perdía los clics de los que no saben quién fue Platón. Pequeña gran victoria para estos tiempos, en mi humilde opinión.
Los meses libres
Así como antes culpé a la taza, culpo aquí a los meses libres. Ellos mataron la dinámica, no yo.
En marzo, elegí Objetos no identificados de Pierre Herrera. Todo bien. Pasé al Enquiridión como estaba programado, pero, cuando tocaba La República, me tomé la libertad de adelantar junio y leer Alberca vacía de Isabel Zapata en su lugar. Creo que ahí fue.
Porque, preparándome para ahora sí seguir con Platón, no resistí la tentación de adelantar otro mes libre y empezar Dorayaki, de Durian Sukegawa. Lo terminé lloriqueando a las 2 de la mañana y así supe que era muy tarde para retomar el reto. Mejor iba a leer lo que se me pegara la gana, cuando se me pegara la gana.
Odio la idea de cuota que se asocia con la lectura. Es falso eso de que tienes que hacerlo porque es bueno o te hace mejor*. Conozco personas brillantes que apenas leen el Whatsapp y lectores voraces a los que no les confiaría ni la hora.
Leer por leer mucho es como ver de corrido una serie entera con el celular en la mano. Toda esa información se va a hacer papilla a los pocos días. En las manos de uno de estos lectores compulsivos que no pueden abrir un libro sin subirlo a Instagram, hasta Marcel Proust es slop.
No estoy tirando hate solo por criticón: yo era uno de esos insoportables. Cuando estudiaba periodismo, me obsesioné con Goodreads y el registro público de todo lo que leía, pero sus retos anuales terminaron por arruinarme el hábito (por razones que explica Juanjo Villalba en este artículo) y nunca más volví a cometer la locura de echarme más de 50 libros al año.
Sobra mencionar que mandé al diablo esa red social, así como muchas otras, en un lento proceso de desintoxicación digital. ¿Debería deshacerme de YouTube también? Eso no va a pasar. De pronto esconde verdades importantes entre sus horas inagotables de videos inútiles.
Este reto fallido, por ejemplo, al menos me regresó las ganas de leer por gusto y me recordó que, para mí, el factor placer es inversamente proporcional al factor utilidad: si los libros empiezan a usarse como herramientas para lograr algo, dejan de ser interesantes.
Y algo interesante encontré en Dorayaki que no les voy a revelar aquí, pero seguro tiene que ver con mi ridícula suma de seis libros leídos en 2025. En lugar de presión, calma.
A cerrar la llave. Me seco las manos, tomo el teléfono y apago la luz. Me despido de los perros y me voy a dormir.
Voy a seguir con Séneca o Marco Aurelio en algún punto de 2027, pero ya no prometo nada.
*Raúl Motta habla de este mito en su texto Leer te hace mejor persona, donde nos recuerda que eso de leer mucho es más un privilegio de clase que una virtud.