Ermitaños
—Tienes que salir más —dice F después de sorber su café.
¿Más? Pero ya estoy afuera. Afuera y rodeado. Junto a nosotros hay unas cien personas vestidas con abrigos impecables, sobrecamisas de colores neutros, blusas bien planchadas, loafers recién lustrados y lentes de diseñador. Todas charlan con un café o un vaso de agua en la mano, preparándose para otras tres horas de conferencia.
La mayoría se presentó ante los demás con pasatiempos que me hicieron dudar si me había equivocado de auditorio y terminado en una convención de National Geographic. Todos hacen ciclismo de montaña, fotografía urbana, escalada o running. Siempre dicen que son introvertidos, pero nunca lo son. Dicen que les cuesta trabajo socializar o hablar en público, pero cuando ven a alguien que se niega a socializar o a hablar en público, se sacan de pedo.
Escogí mi foto de perfil de Whatsapp, en parte, para mimetizarme con ellos. Salgo de pie en una cuesta del Glaciar Perito Moreno, como un intrépido que escala montañas de hielo como si fuera cualquier cosa. Como si me diera igual el viento helado secándome los mocos, la sangre escurriendo en mi dedo gordo del pie o el crujido tormentoso de los témpanos que se desprenden y chocan con la superficie del canal a mi alrededor.
¿Una foto de perfil que sí me represente? Tendría que salir desparramado en mi sillón. En shorts, en playerota, con la panza salida, con una bolsa de gomitas o una caja de pizza. Con los ojos hinchados de tanta tele.
De niño era feliz frente a la pantalla, pero no podía quedarme ahí mucho tiempo porque había que irse a hacer tarea, a clase de piano, a dormirse temprano que mañana hay escuela, al cumpleaños del amiguito, a dormirse temprano en viernes que mañana hay clase de natación, al súper, a los Viveros, a la comida familiar, a la clase de tae kwon do…
En algún punto de esas idas y vueltas, me dije: vale, le entro al juego de la escuela, las calificaciones y las juntas de lunes a viernes, pero, a cambio de sus honores a la bandera, sus bailables navideños, sus dinámicas de integración, sus conferencias interminables y sus zapatitos de oficina, me voy a desaparecer cómodamente todos los días a las 6 de la tarde donde nadie pueda cruzar palabra conmigo.
Propuestas de foto de perfil para no poner la panza salida
En Dragon Ball, el héroe Goku conoce a un viejillo ermitaño llamado Roshi: su primer maestro formal de artes marciales. Roshi vive en una isla diminuta en medio del mar. Al principio del anime, solo comparte su casa con una tortuga marina, pero poco a poco se le van sumando roomies en contra de su voluntad.
Roshi tiene una filosofía sencilla: «trabaja duro, estudia bien, come y duerme lo suficiente». Ya con eso. Roshi no le enseña a Goku a volverse emprendedor, aventurero trotamundos o anfitrión estrella con cientos de amigos, hijos, nietos, seguidores, empleados obedientes, clientes satisfechos o patrimonio acumulado, ni a escribir libros, montar galerías de arte o diversificar su cartera de inversiones. Trabaja, estudia, come y duerme. Roshi es visiblemente feliz.
Claro que no es el mejor modelo a seguir en cuanto a ermitaños se refiere porque también es un exageradísimo depredador sexual, así que mejor pensemos en otros ejemplos.
En Red Dead Redemption 2, hay un par de huraños viviendo en puntos opuestos del mapa, cada uno en una choza destartalada, cercada y señalada con amenazas para ahuyentar a la gente. Viven con sus perros, que te ladran en cuanto te acercas, y con una escopeta con la que te agarran a plomazos si no te vas.
Ambos guardan un secreto en su respectiva cabaña, y se suman al estereotipo de la bruja del pueblo; esa persona normal que perdió algo importante, se descompuso y mandó todo a la goma. Son quizás una caricatura moralina que te advierte lo que puede ocurrir si te sales de la raya.
Tienes que salir más. Si no, vas a terminar babeando descalzo por el campo, hablando con las ardillas y ahuyentando a la gente con una jauría loca.
Solo se me ocurre una ermitaña representada en buenos términos. Umaru, de Himouto! Umaru-chan, es una especie de Dr. Jekyll. De día es la estudiante perfecta, la más guapa, lista, atlética y popular de la escuela, pero de noche se transforma en una Mrs. Hyde maleducada que solo quiere echarse frente a la televisión para ver anime, comer porquerías de konbini y tomar refresco directo de la botella. El sueño.
El problema es que su holgazanería está justificada. Su deseo de encerrarse es bien visto porque Umaru es perfecta el resto del tiempo. El hedonismo solo es permitido si ella cumple las exigencias sistémicas de su comunidad. Y ahí es donde estoy en desacuerdo.
Deberíamos honrar al huevón supremo que se atraganta esa Coca-Cola de litro y medio sin haber sacado puros dieces en la boleta o sin haber sido propositivo en sprints de ideación o sin pararse a las 5 a correr 10 kilómetros como Murakami o sin haber sido buena madre o sin haber separado la basura o sin haberse ido a plantar a un glaciar gigante en el fin del mundo a tomarse fotos para su Instagram.
Por eso, compañeros y compañeras (y compañeres, perdón), dejemos de recurrir a Steve Jobs, Elon Musk o cualquiera de estos malparidos que ponemos de ejemplo cuando nos preguntan «¿A quién admiras?» en estos eventos. Un oyente mira hacia la salida y empieza a inquietarse en su asiento. Mejor digamos con orgullo: Yo admiro a ese viejo sapo de mi vecino que nunca se baña. Se levantan uno, dos compañeres. Suenan cuchicheos. Obvio yo me baño todos los días, me bañé para estar aquí entre ustedes, ¿pero no estamos gastando demasiada agua? Dicen que en Francia solo se bañan cuatro veces por semana y no veo a nadie quejándose… Alguien apunta con su celular y murmura «¿Qué está pasando, goe?». Al lado contestan: «Qué cringe». Entran en un azote de puertas los elementos del equipo táctico de seguridad privada, armados hasta los dientes, listos para neutralizar al ermitaño baboso que tomó la tribuna y se atrevió a llamarle malparido a Elon. Bzzzz, Equipo Alfa, bzzzz, extraigan al objetivo antes de que termine su propuesta de usar jabón Zote para lavarse los dientes, bzzzz…
—Déjalo, ¿qué no ves que ya vino hasta acá? Es más que suficiente —dice O, solapando mi sedentarismo con una sonrisa cómplice.
F entrecierra los ojos y responde algo sarcástico que me hace reír.
Antes de que podamos seguir poniéndonos al corriente, nos llaman al auditorio. Los tres nos acompañamos a devolver las tazas de café y nos unimos a la multitud para retomar las conferencias.
Episodio #18 del anime, amiguitos